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En los últimos años se ha extendido una práctica cada vez más habitual en alimentación y productos básicos: la reduflación. Consiste en reducir la cantidad de producto mientras el precio se mantiene igual o incluso sube.

Paquetes que pasan de 500 a 450 gramos, menos unidades en un envase o detergentes con menos dosis son algunos ejemplos. En muchos casos, el envase apenas cambia y la reducción aparece en letra pequeña, dificultando que el consumidor perciba la diferencia.

Aunque las empresas justifican estas medidas por el aumento de costes, en la práctica suponen una subida indirecta de precios. Además, dificultan la comparación real entre productos, especialmente cuando las compras se realizan de forma rápida y guiándose por el precio final.

La reduflación afecta especialmente a las familias con menos recursos, que destinan una mayor parte de sus ingresos a productos básicos y necesitan ajustar al máximo su presupuesto.

Actualmente esta práctica no está prohibida, pero las asociaciones de consumidores, como la nuestra, ADICAE, reclamamos más transparencia. Entre las medidas propuestas destacamos:

  • indicar claramente las reducciones de cantidad;
  • mejorar la visibilidad del precio por kilo o litro;
  • y reforzar los controles sobre prácticas potencialmente engañosas.

Las empresas pueden modificar sus formatos, pero las personas consumidoras tienen derecho a saber con claridad qué están comprando y cuánto pagan realmente por ello. Porque cuando se paga lo mismo por menos, no solo está en juego el bolsillo: también la transparencia y los derechos de los consumidores.